Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

TEORÍA DE LA PROSA - IRRESPONSABILIDAD DEL VERSO - IMAGINACIÓN DEL ENSAYO - INCERTIDUMBRE DE LA REFLEXIÓN

El don exilado


 
 שבת

La enfermera se sienta junto a mí acercando esa silla incómoda de la que todos reniegan. Ella se sienta. Toma mi mano y luego ocupa la silla incómoda.

Quiere saber qué música escucho. Lo pregunta con curiosa suavidad. Sostiene mi mano en actitud piadosa mientras habla. Le habla a mis ojos cerrados. 

Pregunta con una voz robusta, hecha completamente de sonidos. Habla con los sonidos que me gustan. Aspira con sutileza la hei. Las letras aspiradas forman un jardín en su garganta. Creo que degusta la shin. Zain seguramente se disuelve encima de su lengua como tzadi. Jet raspa como si fuera un élitro.

Las músicas que escucho son extrañas como es extraño que alguien pueda acercarse a ellas además de mí.

Orit, como se llama la enfermera, insiste. Soy ese curioso animal que tiene a su cuidado. Ese animal que parece no haber existido mas que en la impronta de él en una piedra hallada en el Neguev.

—¿Qué escuchas, Idân?

Le extiendo los auriculares y Orit oye la música.

Debajo de mis párpados que aún están cerrados, percibo la sensación volátil de su asombro.

—¿Estás planeando tus honras fúnebres oyendo esto?– pregunta. 

Orit tiene un risa larga como si su sonido fuera un chorro de luz.

—Es música iraní. La voz de la mujer está censurada en Irán. Las mujeres no pueden cantar. La que canta es una mujer kurda. Pero la voz de mujer está prohibida en Irán. Las que se obstinaron en cantar están presas en un pueblo alejado de todo, prohibido para todos, lleno de mujeres que cantan.– digo. Mientras lo digo pienso que lo que digo sería poético, como de un cuento digno de Las Mil y una Noches, si no fuera ni tan real ni tan dramático.

Orit murmura que lo que escucho es demasiado triste.

Yo también lo sé.

—No escuches estas cosas. No te harán bien.– dice por fin y luego reflexiona más consigo misma que conmigo– Aunque vaya a saber lo que te cura a ti…De seguro no es la medicina que cura a los demás. 

—Es que yo no me curo. Yo sobrevivo. Me aferro a las cosas que sobreviven. Por eso sobrevivo. Por eso escucho cantar a una mujer iraní. Una mujer que tiene prohibido cantar. Imagina, es como si a mí me prohibieran escribir. El don es imposible de matar. El don es igual que una semilla. Calla, espera. Un día eclosiona, porque ha sobrevivido. 

—No entiendo.– murmura Orit.

—El virus me tiene prohibido vivir y sin embargo, aquí estoy, vivo, además. La vida es mi don. Soy como la mujer del Kurdistán iraní que canta a pesar de que cantar esté prohibido y en ello le vaya la vida. Yo sigo vivo cuando debería estar muerto. Ella canta, a riesgo de estar muerta.

Orit termina de acomodar las tubuladuras. Ha reemplazado los sueros y le gusta hacer bromas.

—Mira que le aviso a la Shin Bet que te gusta la música iraní. 

—No es la música iraní. De hecho es kurda. Lo que me identifica es el poder de rebelión. Traspolando. En el mundo no nos quiere ni nos acepta nadie ¿verdad?¿Por qué nos aferrarmos a Israel? Porque no cabemos en ninguna parte sin que nos hagan sentir lo judíos que somos…A los kurdos, tres cuartas partes de la misma historia y encima sus mujeres no pueden cantar. Ni siquiera pueden cantar. Si tuvieran un país, cantarían, como nosotros. 

—No te pongas tan triste, tzabra ¿Sabes lo que pienso? Tu país eres tú. 

Lo que Orit no consigue entender es que yo ya soy un país inhabitable.





Largo idilio con la putrefacción



יום רביעי

Todo en mí es una guerra. Tengo un mimetismo desbordado con el olor a muerte y este sudor espeso, este sudor de enfermo que mira un techo gris para imaginar pájaros. 

Al final soy un cuervo desteñido que imagina un cielo al que no llega el poder de sus alas. Entonces imagina otra clase de pájaros allí. Pájaros, muchos pájaros. Vuela con otras alas. Descubre el viento con otra liviandad. Se sostiene sobre esta cama como si pudiera transformarla en un Zeppelin tan sólo con el vuelo en que no vuela. Levita sobre ese vuelo muerto, como un Zeppelin. 

El cuervo apedreado y roto en muchos pedazos de cuervo que no vuela, imagina otros pájaros y vuela. Para volar es ave que probó la victoria del viento, aunque todo en él se haya vuelto repentinamente putrescible.

Hasta mi memoria se ha puesto putrescible y acerca a mi garganta cosas feas como las culpas viejas, las ausencias desesperantes, la obviedad del cansancio y esa mirada torva que no perdona al mundo en el que ha visto lo que ningún humano debería ver jamás. Me han tocado pocas flores bonitas, salvo en los velatorios y en los pasillos largos de los cementerios, en las tumbas de tierra y en el silencio de lo que ha dejado -al fin- de acontecer.

Vuelo como un espectro a través de mí mismo bajo este techo gris. Pero no puedo irme. Las anclas no se escapan de los barcos. Deben sujetar al fondo la deriva. Entonces, anclo en mí con las uñas que no tengo ya y con los dientes rotos que no muerden y con el corazón. Anclo en mí con mi sangre, con el esperma de fundar los hijos, con la ira, con la desolación y con la lágrima.

Anclo en mí como puedo, para que se rearme el cuervo como un pájaro apócrifo, deforme, descatalogado por las enciclopedias. Un pájaro que cruje y se deshace y se despluma y vuelve. Un pájaro espantoso, hecho de trozos de pájaros comidos y de viejos insectos diluvianos con probóscides y púas de matar al insecto o al pájaro contrario.

Porque no me resigno a que el cuerpo no me quiera más, anclo en mí como puedo con este regimiento de garras que es mi alma. 


Imagen by Khalil Chishtee


Correo de náufragos




¿Cuántos han navegado hacia tu nombre
por un túnel de cartas?

Ahora se amontonan, sin orillas
como botes uncidos a tormentas.

Echar al agua el mundo
con sus últimos pájaros en vuelo
no es alcanzar la aurora.
Y tú ahí, como heroína oculta
en un cabo final de resplandor
bajo el árbol del pan
fraguando desde el viento
un eco de rabiosas nubes húmedas.

El tiempo se termina igual que un soplo
que huye del desierto.
La vida es frágil
o se ha puesto frágil
como lo es un pájaro de humo.

La vasija del día se me ha roto
y se llevó mi árbol y mis manos.

Mar adentro no hay islas.
Se está solo.

Déjame tocar fondo,
simplemente.






De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma no sé cuánto a esta altura de tanta toma fallida)



Suelo estar solo y mal cuando arriban tus botes, porque subyace en vos esa historia compuesta de mareas ladronas y de íntimos caracoles invisibles que se dedican a describir arenas que yo aún no conozco.

Suelo estar mal y solo, sin ganas de escribir una sola puta palabra. Todo lo que quisiera decir es incapaz de llegar a estos deformes labios de mis dedos. Por lo tanto, no escribo siquiera una palabra solitaria en un papel aún más solitario. 

Ni siquiera consigo pensar una palabra.

Cuando mengua la luna, tu costumbre uncida a las mareas reaparece en la costa del olvido. Brilla como un extenso lucernario en el que se van encendiendo más y más candelas, pero yo sé que todo es espejismo. Así entonces, sólo con una ráfaga, tus candelas de encandilar mis ojos se apagan con timidez nocturna y regresa la noche y su paréntesis, igual que una hoja en blanco.

Suelo estar mal y solo en ese fondo sobre el que tu llamado es un placebo que incita a mi resucitación. Hace ya tanto tiempo que morí…

Tu sonido de espuma se aproxima como un mensaje dentro de una botella. Es un correo de náufragos el nuestro, entre dos islas que cada día se alejan unos metros. 

Se alejan unos metros.

Se alejan.
 
De metros que se alejan se han hecho irreductibles las distancias.

Aún no comprendo como tus botes han aprendido el camino a mis costas.


Metal nuboso


 


A veces los domingos aparecen nublados como esos rincones de los que Idân nunca se decide a quitar el polvo suficiente como para descubrir qué hay debajo.

Aparecen nublados, vaporosos, como un caserío bajo una tormenta de arena muy fina, hecha de mucho tiempo.

Los domingos nublados son idénticos a los rincones de Idân que están establecidos en ámbitos por los que no camina a diario, pero que bordean, como los precipicios al faldeo, todas las regiones de su vida. Para morir, sólo es cuestión de acercarse hacia ellos y dejarse caer. 

Para Idân, el amor es como un vasto hecho sin memoria, que siempre les sucede a otros. Algo que se termina o caduca y hay que desechar sin remordimientos. La gente solo acampa en él un rato y hace picnic. Luego, cuando se van, quedan las sobras como un manifiesto que se transforma en mugre.

En Idân habita un filósofo triste, una especie de animal sencillo que rumia higiénica y obstinadamente un malezal. El sufrimiento ya no lo cohíbe. Se anima a él con mansedumbre de vaca vieja a la que no espera más que una obligada muerte frigorífica.

Está enfermo, cansado, descompuesto igual que un mecanismo. 

Sin embargo, tiene también esos momentos ácidos en los que aún trabado, funciona. Se destraba y funciona, por deber. Las piezas de su energía rota se violentan contra la inacción. Entonces crujen y la máquina arranca como un grito metálico e inconmensurable, un toque de rebato sobre la acústica oquedad del alma. 

Cuando la máquina de Idân arranca, los otros retroceden. No buscan refugio. Sólo retroceden, dan un paso hacia atrás como empujados por un vigor de metales y aceites de cuyos roces brotan chispas. Algo tiene su jefe de bulldozer cuando le sale el animal de hierro y por eso los otros retroceden y lo miran actuar y lo dejan actuar. 

En los domingos nublados, es una fiera flaca de ojos tristes. Nadie sabe que llora cuando habla con sus nietos como quizás su abuelo también lloraba al recibir sus cartas y nunca se lo dijo. 

Los metales no lloran, piensa Idân, se funden, simplemente.


 


Participan en este sitio sólo escasas mentes amplias

Chocolate bombón

En tu cuarto hay un pájaro (de Pájaros de Ionit)

Un video de Mirella Santoro

SER ISRAELÍ ES UN ORGULLO, JAMÁS UNA VERGÜENZA

Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

Valor de la palabra

Hombres dignos se buscan. Por favor, dar un paso adelante.

No a mi costado. En mí.

Poema de Morgana de Palacios - Videomontaje de Isabel Reyes

Historia viva - ¿Tanto van a chillar por un spot publicitario?

Las Malvinas fueron, son y serán argentinas mientras haya un argentino para nombrarlas.
El hundimiento del buque escuela Crucero Ara General Belgrano, fue un crimen de guerra que aún continúa sin condena.

Porque la buena amistad también es amor.

Asombro de lo sombrío

Memoria AMIA

Sólo el amor - Silvio Rodríguez

Aves migrantes

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Feria del Libro de Jerusalem - 2013

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Café literario - Centro de convenciones de Jerusalem

Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
en el viento asediado de vacío
vivo como una rama,
y en medio de enemigos sonrientes
mis manos tejen la leyenda,
crean el mundo espléndido,
esa vela tendida."

Julio Cortázar

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
1a. edición - bilingüe