Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

TEORÍA DE LA PROSA - IRRESPONSABILIDAD DEL VERSO - IMAGINACIÓN DEL ENSAYO - INCERTIDUMBRE DE LA REFLEXIÓN

Vide o game






Alguien viaja en la feria de las luces
como una mala colección de huesos
atados de penuria.
Soy como el esqueleto de una carta
que no le llega a nadie;
una forma deforme en que se agita
la forma de un reflejo
sobre el barro.

Si levanto los ojos veo fuego
donde se queman niños
y una tierra absoluta,
despoblada,
raídos hospitales
y esta herrumbre.

Camino, intransitable como un muerto
por la piel de mi nombre
y me desisto
detenido y vacío bajo el agua.

Al amor se le ha roto lo sonoro.

Cargo mi corazón
como una bala
que busca su disparo entre mi sangre.

Y a la puerta de mí
defiendo el grito que no proferiré.

Soy un viaje de ida que ha acabado


Fellare



Ella baja
despacio
hasta lo más hirsuto
y su lengua
envolvente
como una sierpe cálida

reclina la inquietud
lame lo más salado y lo más áspero
lo bebible
en los últimos sorbos y el temblor.

Ella baja con un filo sin saña
hasta mis propios filos
y desliza
la suave mojadura de sus ojos
por los espacios libres donde mis ojos tiemblan.

Carnosa mansedumbre
traza sobre mi tronco un ronco mapa que no tiene islas
y me cura en pasión
sin egoísmo
como una dulce sensación carnívora
que bebe mis silencios
mis gemidos sin orden
mis antebrazos rotos sin abrazos.

Ella baja y me lame las victorias
mastica el cuero con sus dientes breves
y arranca la derrota de mi cuerpo
arde en mi Territorio
y es una antorcha que no me pronuncia
más que en la oscuridad.

Ella tiene apretado entre sus labios
mientras traga
el llanto de mis letras.

Imagen: Put me to sleep, evil angel by Jade Greenbrooke

Tiempo del pretendiente




A sus costas de hembra parece que los peregrinos no se cansaran de traer Ulises.

Los viajeros de paso que hacen noche en Itaca cada cuarenta años traen algún Ulises que nombrar en sus playas, como al eterno ausente que ellos aman y esperan.

Cada uno habla de su Ulises pero no escriben su nombre con mayúsculas. Para nombrarlo usan apelativos, les llaman de otros modos, eluden la palabra y acomodan el nombre que no dicen a otras melodías en donde suena mal.

 Ulises es “ese”, “el otro”, “aquel”.  Es “el gato, el ciervo, el árbol, el maestro, el que tú ya bien sabes, Penélope de todos los Ulises”.

Ulises sin nombre que Itaca dice desconocer y que todos los viajeros de paso le acuestan en sus playas como un vivo cadáver, descansan en la memoria del que no fue ni es ni será Ulises.

Para él, Ulises son aquellos que luego de no reinar se han ido y ya no tienen nombre para Itaca.

Cuando llegan bufones, preguntan por un Ulises que no es el mismo por el que los deportados preguntan. Cuando llegan los que olvidaron donde quedaba Itaca, preguntan por los Ulises que también olvidaron al olvidar Itaca.

El pretendiente escucha desde el pórtico la charla de los viajeros que hablan con Penélope de Ulises, en voz baja.

Hablan pensando que ella clama por el Ulises que ellos nombran en las costas rocosas de su Itaca y quieren escuchar viejas historias de amor en sus palabras, historias con ese Ulises por el que preguntan y dicen añorar como si compartieran los extraños secretos de una Penélope que guarda sólo secretos que se llaman Ulises.

El pretendiente se pregunta entonces: ¿cuántos Ulises fueron rey en Itaca?

Pero nadie contesta. 

Imagen: The time keeper by Shooterbug

Cacería



Se le quedó la boca en el tintero
como una flor de hambre
a esa mujer que ruge en la manada
bravía de las fuertes.

Conduce el reventar de los tambores
en los ojos selváticos del simio
y fabrica una orquesta con espuela:
múevete, gamo frágil, mueve el culo

y el gamo se alborota
se hace patas
y ella se vuelve fiera que lo sigue
con el colmillo ungido de diabluras.

Esa mujer sabana
polvo que se levanta a un cielo quieto
como una rogativa sin renuncios
abre compuertas ácidas sin ríos
y nacen los volcanes de mis uñas.

Salgo a cazar a tu guepardo hembra
en la estepa del grito.

Ladro al aire del sol en que me huele
tu lengua entre la hartura.

El licaón se acerca, se hace método
vencedor de las matas y las horas
para comerte el rastro
para comer tu huella perfumada
con la sangre de tu mordisco último
en el que me deleito

mansamente

Imagen: Eulogium by Bob Catd.

La mujer del tarot


La casa de la mujer del tarot estaba justo en la ochava de los miedos.

Quedaba ahí, en la esquina de la cansina calle de las tardes, soleadas al sesgo su pared de ladrillos y sus ventanas altas con celosías de metal, pintadas de un amarillo descascarado y sin brillo alguno.

La casa parecía un antiguo almacén del ‘900, con parapetos hacia la vereda. En ellos, a veces se sentaban las personas que esperaban el ómnibus.

La mujer del tarot vivía sola como todas las brujas.

Era pequeña, casi minúscula dentro de una magrura carcelaria, pero a mí, ella no me daba miedo como a todos. Me parecía intrigante ese aspecto de laucha que emparentaba con el mío propio, febril y diminuto como un juguete eléctrico que nadie desenchufa.

A veces me miraba con sus ojos escuálidos, cuando mi madre me mandaba a la panadería a comprarle medialunas de grasa a mi padrastro.

Concidíamos en el amplio salón separado por las estanterías de la cuadra desde la que llegaba olor a pan y la mujer del tarot siempre decía: “está el chiquito, tiene que ir a la escuela”, aunque no fuera cierto y estuviera ella antes que yo.

Pero yo iba poco a la escuela por entonces. Tenía que cuidar a tres hermanos que hoy ya no cuido más, porque la mala vida terminó con ellos antes de que pudiéramos acercarnos los unos a los otros, cuando fuimos adultos.

Iba poco a la escuela, pero seguía leyendo hasta los envoltorios de fideos y de papel higiénico, como una compulsión escapista que me permitiera un camino a alguna otra parte que no quedara dentro de mi vida.

Peleaba con los chicos de mi cuadra, porque la rabia es sorda y da combate y yo andaba en un margen de la vida, acampando en la sobras, desterrado de los helados pechos de una madre que no me amamantó.

De regreso con ella, era una cosa ahí que todo lo estorbaba: su nuevo matrimonio, su cama oliendo a hombres que resoplaban fuerte por las noches, mis medio hermanos cagados y meados de indiferencia y miedo que lloraban de un hambre que yo sabía aguantar no sé por qué.

La mujer del tarot siempre me regalaba una factura de su bolsa de papel madera.

La sacaba con un gesto mágico y circense y me la daba “para el recreo”.

Tenía ojos aguachentos y hondos, la mujer del tarot. Ojos como me imaginaba las lagunas con patos y los pozos en medio del desierto.

Yo no podía articular un gracias. No alcanzaba a decirlo, pero ella lo escuchaba con su mano en mi pelo y respondía: “de nada, es para el recreo, no te la comas antes”, como si me viera el hambre colgando de los dientes.

Un día entré a su casa porque ella me invitó.

Tenía un recibidor oscuro que olía a cera y a mueble muy antiguo. El aire parecía lo más quieto del mundo, encerrado, cautivo. Las sillas eran de cuero negro, como si todo allí estuviera ceñido a un luto interminable.

Me dio un chocolate invernal y espeso, en un tazón enorme. Un chocolate dulce y persuasivo, que napaba al revolverlo la cuchara. Devoré los bizcochos y bebí el chocolate, como si tuviera que alimentarme por dos.

—Libera al ángel negro que te habita. Libéralo...deja que abra las alas. Libera tu ángel negro.– dijo ella cuando me despidió–Deja que haga por ti, dale su espacio.

Esa noche mi padrastro abusó de  mi hermana la más chica y yo lo maté de seis disparos con su propia pistola.

(De: Fotografía de Von)

Imagen: Around the street by P Stoev

El ardid de la sombra




La elección de Ejad

Como a un ave mítica e inconsciente de su negro poderío, al muchacho los espacios esteparios le fascinaban las ganas de expandirse. Se sentía fuerte en la oscuridad y por sobre todo, libre de una libertad en la que nadie tenía injerencia física. Aún bajo el sol, lo desolado era para él parte de la oscuridad.

Ejad lo comprendía como se comprende a un perro de la calle que marca territorio con la dentadura siempre ensangrentada pero que puede ser de una docilidad estúpida si se consigue llegar hasta su soledad con la caricia.

Estiraba su mano y movía sus piezas de ajedrez en un silencio que iba de lo disciplinado hacia lo ecuánime y esperaba, como quien fuma una pipa mirando atardecer.

Esperaba en una serenidad sin intermitencias, consciente de que debía darle a su nieto un tiempo prudencial para pensar, no porque considerara que el muchacho era de reacciones lentas, sino porque Ejad estaba consciente de que la disciplina del conocimiento precisa madurarse para ser luego bien asimilada como hábito.

Como muchos jóvenes, su nieto era de esas cualidades y temperamentos vigorosos que aterran a los pusilánimes y ponen en guardia a los quebrantadores.

Bajos o altos perfiles convivían en ese austero espacio en que sus vidas se habían tenido una a la otra solamente a través de las cartas en las que compartían la victoria y el karma como parte de la dificultad para sobrevivir.

A Ejad le habían informado que su nieto, aquella cría perdida del rebaño y extraviada desde el vientre de su madre en la sabana del distanciamiento, se parecía a él.

Una definición que a Ejad le sonó extravagante, mientras miraba el desierto extendido ante sus ojos prácticos y grises, aguardando que el avión terminara el carreteo.

Aparición del ángel





Pensé que mis relojes
habían muerto a pie
pero ahí estabas
travestida de pájaro
como lo que no puede ocurrir nunca.

Y en este ahogo
yo y mi alcantarilla
coleccionando alas sin palomas
como hijo inquebrantable del derrumbe.

No eras un precipicio
ni una rosa
ni una chispa en el aire
pero toda tu boca me seguía
sin yo explicarme cómo.

Como un dolor en fuga
viajo de mis espantos a tus palmas
y voy reconociéndome en mis sombras.

Etérea casi
como un copo azul
que vuela en mi nevisca

te viajo por mis libros,
quemo cartas
y me entretengo en las pequeñas letras.

Caigo en mi propia sombra
escanciador de oscuros juramentos
igual que un niño
que no se reconoce entre la bruma.




Francotiradores


Sólo un espacio en el que la quietud se arrincona como un pato. Una quietud exangüe que duplica las ganas de latido y abastece de espanto el pulso de las sienes.

El aire es parte de un mundo de tajadas. Algo para cortar con el filo veloz de un movimiento o el sonido sin nombre de una palabra dicha con un gesto.

Así nos movemos entre el láser de luz con el que la madrugada nos acribilla, inmune a nosotros, resistiendo aún más que nosotros, mientras se escuchan pájaros -que no han quedado sordos por dentro del estruendo­- sobrevolar la aurora.

Somos grises. Impávidos y trágicos muñequitos grises que huelen a una mezcla tortuosa, indefinida, ya barro, ya burdel, ya sudor y ya lágrima.

Somos lo que no se va a ninguna parte.

Solos y silenciosos como huérfanos de andén, nada nos acerca a un destino con brazos.

No pensamos en nuestras cosas sagradas. No pensamos en el amor. No pensamos más que en lo automático de ser aquello que está solo por elección y debe mantenerse así.

La mente aguanta el código. No importa si hubo antes. Tampoco importa el si habrá después. Porque el momento es ese. La resistencia es esa.

Somos dentro del tiempo de la espera, un ardid de la sombra.

(De: El ardid de la sombra)

Imagen: Firfigthers by Javier Manzano


Participan en este sitio sólo escasas mentes amplias

Chocolate bombón

En tu cuarto hay un pájaro (de Pájaros de Ionit)

Un video de Mirella Santoro

SER ISRAELÍ ES UN ORGULLO, JAMÁS UNA VERGÜENZA

Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

Valor de la palabra

Hombres dignos se buscan. Por favor, dar un paso adelante.

No a mi costado. En mí.

Poema de Morgana de Palacios - Videomontaje de Isabel Reyes

Historia viva - ¿Tanto van a chillar por un spot publicitario?

Las Malvinas fueron, son y serán argentinas mientras haya un argentino para nombrarlas.
El hundimiento del buque escuela Crucero Ara General Belgrano, fue un crimen de guerra que aún continúa sin condena.

Porque la buena amistad también es amor.

Asombro de lo sombrío

Memoria AMIA

Sólo el amor - Silvio Rodríguez

Aves migrantes

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Feria del Libro de Jerusalem - 2013

Feria del Libro de Jerusalem - 2013
Café literario - Centro de convenciones de Jerusalem

Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
en el viento asediado de vacío
vivo como una rama,
y en medio de enemigos sonrientes
mis manos tejen la leyenda,
crean el mundo espléndido,
esa vela tendida."

Julio Cortázar

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
1a. edición - bilingüe